domingo, 31 de julio de 2016

Temblando.

Temblando.
Estoy sentada en la cama, con el estómago enfurecido contra mi persona, abrazando a un peluche  como si volviera a tener 3 años, y temblando.
Estoy pensando en la infinidad de planes que tenía para nuestra vida, que teníamos, y sigo temblando.
Y tengo miedo, miedo de que esta situación se siga repitiendo en el tiempo, miedo de seguir compitiendo contra un recuerdo que ya debería haber dejado de ser hasta eso. Miedo de no aguantar una nueva discusión, un nuevo enfrentamiento, un nuevo intento por separarnos y acabe, otra vez, temblando.
Miedo de que la próxima vez te entregue las llaves, y con ellas todo lo que quede de nuestra relación, y me vaya. (¿Sabrás siquiera que pensé en dartelas, considerando eso el final de nosotros? Duermes, así que lo dudo.)

Que si me muero mañana (cosa hasta posible, aunque poco probable, viendo la salud tan precaria con la que cuento ultimamente) lo último que haya hecho sea decirte que apagues la tele si quieres... Aún espero un abrazo, aunque me lo pidas y no lo tomes. Un beso, un lo que sea que me quite de la cabeza que sólo estás conmigo para no estar solo, que aún la echas de menos, que aún la quieres, que no me quieres, que no me amas, que no soy nadie en tu vida...

Despiértate, y haz que deje de temblar.

lunes, 16 de mayo de 2016

Ansiedad

Mira, no sé qué decirte.

Acepto que el pasado no es mi problema. Ni mi pasado, ni el suyo, ni ninguno. Si no estuve, ¿qué tengo yo que decir de ello? Si estuve, ¿de qué sirve quejarme si no puedo cambiarlo? El pasado está ahí, sin más. Me recuerda lo que he vivido, pero más allá de un recuerdo... no es nada.

Acepto que el futuro no puede quitarme el sueño. Ya vendrá. Sea cuál sea, ya vendrá. Y si es juntos, mejor, obviamente, pero no puedo decir mucho sobre ello, ¿no? Yo haré mi parte y él la suya, y si concuerdan las piezas del puzzle para que sigamos el camino juntos, pues bien, y si no, al menos no me quedaré con el remordimiento de no haberlo dado todo.

Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Por qué la ansiedad, por qué el miedo, por qué la sed de conocimiento de cosas que no me incumben, por qué el sentimiento de ni merecer ni pertenecer al hueco que me ha hecho en su vida? Es absurdo, sí, lo sé. Quiero parar.

Aprieta el freno, es así de sencillo.

Aprieta el freno, aparca, sal a que te dé el aire, y déjate llevar.

Fácil de decir...

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Motivada.

Para un sencillo ejercicio de clase, me pedían una lista de las 10 cosas que más me apasiona hacer. Parece una tarea sencilla, cuyo objetivo era el de, simplemente, enseñarme a organizar mi tiempo para incluir esas 10 cosas, o al menos una de ellas, en mi vida diaria y/o semanal, para ser más feliz, al fin y al cabo. Fui incapaz de escribir ni una sola de ellas.

Me quedé en blanco, petrificada, ante aquel maldito pedazo de papel. Soy una chica activa, animada, que tiene ganas de hacer feliz a todo aquel que pasa por su lado (al menos, la mitad del tiempo...) pero era incapaz de pensar qué me movía. Qué me hacía seguir adelante. Qué me hacía feliz, más allá de familiares y amigos. Y ahí comprendí, súbita y dolorosamente, que era esa falta de motivación la razón principal de que yo no fuera capaz de levantarme de la cama la gran mayoría de las mañanas. Era ésa la razón de la depresión que llevo arrastrando, más mal que bien, los últimos 4 años.

"No hay nada que me motive, que me apasione." Ése fue mi primer pensamiento. Parece obvio, ¿no? Si no sé qué me motiva, es que no hay nada que lo haga. Arrugué el papelito con todas mis ganas y lo guardé en la mochila, dispuesta a olvidar aquella dichosa lista, pero ella seguía todo el tiempo en mi cabeza. ¿Por qué me levanto por las mañanas? Por mi familia. Para no decepcionarles. Para ayudarles a seguir... Pero eso no vale. Yo debería moverme por mí misma, no por otros. Debería levantarme por las mañanas con ganas de comerme el mundo, sí, pero sobre todo con ganas de que al final del día pueda mirar lo que he hecho y sentirme orgullosa. Orgullosa de mí misma y mi camino. Sin embargo, llevo 7 años en una carrera que nunca me convenció, y que estoy terminando (gracias a Dios) sólo porque los últimos 5 años de mi vida he dicho "Total, ya llevo X años aquí, sólo me quedan Y asignaturas y tendré un título". Un título... ¿De qué sirve tener un título de algo en lo que no quiero trabajar? De nuevo, las expectativas ajenas. De nuevo, no decepcionar a los demás.

Al final del día, ya en casa, decidí buscar ayuda en mi familia, pensando que a lo mejor yo no quería ver mis motivaciones, fuera por la razón que fuese. Dos de las personas que mejor me conocen y más me quieren me dieron varias opciones. Leer. Escribir. Por alguna razón ninguna de ellas me pareció especialmente apasionante. Sí, me encanta leer y escribir, pero no me levanto por la mañana con la idea en mente de leerme tal libro o escribir tantas páginas. Antes sí, eso es cierto. Con... no sé, catorce o quince años, me levantaba fácilmente a las siete de la mañana sólo porque un nuevo capítulo de mi libro favorito estaba esperándome para sumergirme en su universo, o me quedaba despierta hasta las tres, cuatro de la madrugada escribiendo una nueva página de aquella historieta que, con personajes "prestados", escribía con toda mi pasión en una página web cualquiera, a la espera de comentarios y consejos. Es sorprendente cómo la vida te puede cambiar en un par de años. O cómo, más bien, cambiamos nosotros pensando que es lo que la vida nos pide.

Una de mis hermanas me sugirió también esa "habilidad mía" para saber siempre a dónde ir, estemos donde estemos, esos "recovecos secretos" de los centros comerciales, los museos, las calles de la ciudad, del aeropuerto... o también dónde encontrar esto o aquello, a quién llamar, a quién consultar... Pero tampoco lo considero algo que me haga levantarme por las mañanas para saber más. Es algo que simplemente sé. Recojo datos de lo que oigo, de lo que me cuenta mi familia, o mis amigos, o mis compañeros, y lo proceso para usarlo en el momento exacto. Me salto un atasco acudiendo por carreteras secundarias que sé que son más rápidas. Entro por una entrada diferente a la habitual a un centro comercial porque me agobian las aglomeraciones. Acudo a un restaurante con pintas "estrafalarias" porque sé que allí se come mejor que en cualquier otro de su tipo... Pero eso es algo que llevo casi innato en mí. No sé cómo mejorarlo, sólo... aprendo.

Así que al final del día acabé sentada en la cama, meditando, tratando de encontrar mis 10 pasiones, y he aquí la respuesta que no esperaba hallar:

Mi mayor pasión, hoy día, es encontrar mis pasiones.

Y quizás sea la mejor forma de levantarme de la cama que haya podido encontrar.

martes, 28 de julio de 2015

A aro pasado.

Es inútil. Da igual si lo intenta o si se queda mirando al aro desde aquel punto intermedio entre el fondo de la pista y la zona de tiro libre. Hay tantas posibilidades, tantas opciones distintas, y es a ella a la que le tocó un firmamento cargado de estrellas apagadas. Que da igual, muchos le han dicho ya que las estrellas que vemos ya no existen, por aquello de que en realidad estan tan lejos que vemos la imagen que mandaron mucho tiempo atrás, con todo aquello sonándole al sentimiento que florecía en su estómago cuando leía conversaciones antiguas con gente que ya no quería saber nada de amistades pérdidas. Da igual. Es una tontería intentarlo. Todo está planeado sobre la línea dibujada con precisión milimétrica, y va a llegar ella y cargárselo como siempre. Da igual.

Dejémoslo en que es mejor no tirar.

miércoles, 15 de julio de 2015

Jaque Mate, mi Rey.

Blanco o negro.

Maldita partida de ajedrez.

Mueve el peón, un pequeño detalle sin importancia, buscando una sonrisa que hace días que no sale a ver el sol. Responde el caballo, mal humor, altanería, pocas ganas de contarte la verdad de sus lágrimas. Avanza el alfil, con sutileza y elegancia, pero es rápidamente embestido por una reina traicionera que no deja opción a nada más que a un ataque certero. El rey se enroca, en busca de un poco más de tiempo para pensar, pero la reina no se detiene, los caballos buscan su posición, y los alfiles de la reina negra no dan lugar a duda, abandonados al fondo del tablero.

En esta partida, el rey blanco busca las tablas, y la reina negra el jaque mate.
En esta partida, él quiere quedarse donde están. Ella quiere irse y no volver.

Eso creen, al menos.

Ellos no ven más allá. Ni siquiera las manos que mueven las piezas. Ni siquiera las almas que luchan por dar sentido a la batalla que no saben que se vive en el tablero.

En esta partida no ganan blanco o negro. Una vez más, en esta partida ganan los matices.