domingo, 31 de julio de 2016

Temblando.

Temblando.
Estoy sentada en la cama, con el estómago enfurecido contra mi persona, abrazando a un peluche  como si volviera a tener 3 años, y temblando.
Estoy pensando en la infinidad de planes que tenía para nuestra vida, que teníamos, y sigo temblando.
Y tengo miedo, miedo de que esta situación se siga repitiendo en el tiempo, miedo de seguir compitiendo contra un recuerdo que ya debería haber dejado de ser hasta eso. Miedo de no aguantar una nueva discusión, un nuevo enfrentamiento, un nuevo intento por separarnos y acabe, otra vez, temblando.
Miedo de que la próxima vez te entregue las llaves, y con ellas todo lo que quede de nuestra relación, y me vaya. (¿Sabrás siquiera que pensé en dartelas, considerando eso el final de nosotros? Duermes, así que lo dudo.)

Que si me muero mañana (cosa hasta posible, aunque poco probable, viendo la salud tan precaria con la que cuento ultimamente) lo último que haya hecho sea decirte que apagues la tele si quieres... Aún espero un abrazo, aunque me lo pidas y no lo tomes. Un beso, un lo que sea que me quite de la cabeza que sólo estás conmigo para no estar solo, que aún la echas de menos, que aún la quieres, que no me quieres, que no me amas, que no soy nadie en tu vida...

Despiértate, y haz que deje de temblar.

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