Nada de lo que he hecho es demasiado peligroso, demasiado malo o demasiado ilegal. Demasiado. Un poco, quizás. Quizá conducir a 190Km/h no fue lo más inteligente, no. O jugar con fuego, y con humo. O compartir aquella copa. O disfrutar de ti de la manera que lo he hecho. Lo que pasa bajo las sábanas de mi cama se queda enredado entre ellas, dejando su aroma en la almohada y el recuerdo en unos labios que quizás, sólo quizás, luego te echen de menos.
Pero no prometo nada, porque cielo, esta es mi cama, y en ella no mando ni yo. Y si entre beso y beso se te escapa un te quiero, haré como que no lo he oído. Y si se me escapa a mí, tranquilo, es el momento, el silencio... son tus besos. Es el roce de tus dedos, de unos que no conozco, que nunca he visto moverse tan rápido ni tan ágilmente, y quizá sea eso, la sorpresa, o el momento, pero ahora no quiero perder ni uno solo de tus besos.
Pero no te preocupes, cariño, es sólo esta noche. Mañana no me importará nada... A no ser que tus dedos me recuerden que me importa.