lunes, 16 de mayo de 2016

Ansiedad

Mira, no sé qué decirte.

Acepto que el pasado no es mi problema. Ni mi pasado, ni el suyo, ni ninguno. Si no estuve, ¿qué tengo yo que decir de ello? Si estuve, ¿de qué sirve quejarme si no puedo cambiarlo? El pasado está ahí, sin más. Me recuerda lo que he vivido, pero más allá de un recuerdo... no es nada.

Acepto que el futuro no puede quitarme el sueño. Ya vendrá. Sea cuál sea, ya vendrá. Y si es juntos, mejor, obviamente, pero no puedo decir mucho sobre ello, ¿no? Yo haré mi parte y él la suya, y si concuerdan las piezas del puzzle para que sigamos el camino juntos, pues bien, y si no, al menos no me quedaré con el remordimiento de no haberlo dado todo.

Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Por qué la ansiedad, por qué el miedo, por qué la sed de conocimiento de cosas que no me incumben, por qué el sentimiento de ni merecer ni pertenecer al hueco que me ha hecho en su vida? Es absurdo, sí, lo sé. Quiero parar.

Aprieta el freno, es así de sencillo.

Aprieta el freno, aparca, sal a que te dé el aire, y déjate llevar.

Fácil de decir...

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