jueves, 25 de diciembre de 2014

Cenicienta.

Para ti solo sere Cenicienta... la chica con los tacones de cristal Que desaparece de tu vida al dar las 12. Todo un sueño para un chico como tu, no? Dejare en tu vida solo una ligera señal de Que alguna vez estuve ahi... Pasare por tu vida sin pena ni gloria, pero tu siempre te acordaras de mi vestido azul, mis zapatos de tacon y mi cabello ondeado al viento mientras huyo escaleras abajo de la vida Que me podias haber regalado. PorQue ya no estamos en la epoca de los cuentos de hada, y una cenicienta como yo no se conforma con un principito azul de esos Que destiñen. Prefiero al lechero, fijate...

viernes, 28 de noviembre de 2014

Dos chicas.

Dos chicas, sentadas en la cama, tomando leche con cereales mientras ven un programa de telebasura que siempre juraron odiar y que ahora ven para echar un poco de menos a su abuela, que ya no está entre ellas por desgracia.

Dos chicas que no hablan, que se sienten solas incluso estando juntas, que tienen miedo a la oscuridad, al viento, a envenenarse con cualquier bobería que coman, a todo y a nada. Dos chicas que llevan juntas 23 años y que no se conocen de nada.

Angie y Luna se miran, de reojo, como si no quisieran que la otra supiera que sabe que está ahí, y devuelven su mirada al televisor. Automáticamente, con el corazón acelerado y las manos agarrando con fuerza la taza y la cuchara. No son conscientes del porqué, sólo huyen del encuentro.

Angie y Luna no son hermanas. No son amigas. No son enemigas. Ellas son mucho más que eso, incluso sin saberlo. Ellas son la complicación de todos los días, las dudas infinitas.

Angie y Luna son la misma persona.
Angie y Luna son dos caras de la misma moneda.
Angie y Luna son las dos personalidades bifásicas de la persona que, realmente, está ahora sentada frente al ordenador.

Angie y Luna somos yo.

martes, 10 de junio de 2014

Estabilidad.

No he tenido una vida estable en mi vida. No he tenido hogar. Está la casa de mis padres, y la de mi abuela. Pero no hay nada que yo sienta como "mi casa" o "mi cuarto". Siempre fue "el cuarto de mi hermana y mío", y más adelante, "el cuarto del centro", porque no era mío. Los muebles no son míos, y los que en realidad sí lo son, como la cama, los siento como una parte de mí que no tiraría por nada. Lo más parecido a algo mío es el coche, y llevo como un año que tampoco es propiamente mío. Manuela lo era. Manuela era mía al 100%. Ese coche era el lugar en el que dormir en medio de cualquier calle sin tener un ápice de miedo. Era donde yo sentía que estaba mi hogar, con una maleta con todas mis pertenencias en el maletero junto a una caja de redbull y una veintena de paquetes de ramen.

¿Tienes idea de lo jodida que está mi cabeza para que yo diga, completamente segura, que un coche al que le puse hasta nombre era mi hogar?

Ahora, con 23 años, le tengo pánico a algo estable. Mi cuerpo, mi mente, mi alma incluso, me piden deambular de casa en casa, de ciudad en ciudad y de país en país. Necesito tener todas mis cosas en maletas y cajas que pueda llevar con facilidad de un sitio a otro, o tener mis cosas repartidas por todos los sitios. Soy sólo una gata cansada de ronronear por un poco de atención.

No quiero una vida estable. Quizás cuando "sea mayor", pero no ahora. Ahora necesito seguir deambulando hasta que me canse, me caiga de rodillas y no me levante más. Y no sé cuándo será eso en realidad.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Cansancio

Hacía tiempo que no me sentaba sola. Estoy a la vista, cualquiera que pase por esta lúgubre habitación podrá reconocerme. Además, llevo una sudadera que siempre reconocen como tuya. Pero probablemente siga sola el resto de la tarde. Si tengo suerte, hasta haré algo de utilidad. Si no la tengo, seguiré aquí tecleando palabras que no sé a dónde tratan de llevarme.

Hacía tiempo que no se me saltaban las lágrimas de impotencia. No quiero ser yo la que rompa una promesa y te pida que hagas tu elección, no sólo porque sé que al pedirte que elijas, no me elegirás a mí, sino porque además llevo tiempo intentando ser la Dama que fui, pero parece que el camino de Rosas se perdió hace tiempo de mi vista y ni por el de las Baldosas Amarillas llegaré a algún lado.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Como el perro y el gato.

En cierta forma, tiene gracia la forma en la que se muerde el labio, nerviosa, mirando al infinito que se esconde más allá de la pantalla de su ordenador y tratando de actuar como si no le oyera, como si no le viera, como si no sintiera su presencia en la sala. Siempre ha sido muy torpe para ocultar sus pensamientos, pero en las últimas semanas nadie le ha dado tregua a su mente y ahora, con sus pies taconeando inconscientemente y sin saber lo que escribir para pasar el mal trago de sus ojos buscandola por la sala, sabe que el tiempo apremia y que más pronto que tarde sus ojos se han de cruzar.

Sin embargo, una pequeña parte de ella es toda una señora, una dama que no necesita caballero no importa si está en apuros o no, y es por ello por lo que cierra el portátil y, sin dejar escapar el suspiro que amenaza con huir de sus labios, se echa la mochila al hombro y sale del edificio, por la salida más alejada de la posición del chaval que, pobre de él, sólo pudo suspirar al verla marcharse otra vez. Como el perro y el gato, estos dos...