viernes, 28 de noviembre de 2014

Dos chicas.

Dos chicas, sentadas en la cama, tomando leche con cereales mientras ven un programa de telebasura que siempre juraron odiar y que ahora ven para echar un poco de menos a su abuela, que ya no está entre ellas por desgracia.

Dos chicas que no hablan, que se sienten solas incluso estando juntas, que tienen miedo a la oscuridad, al viento, a envenenarse con cualquier bobería que coman, a todo y a nada. Dos chicas que llevan juntas 23 años y que no se conocen de nada.

Angie y Luna se miran, de reojo, como si no quisieran que la otra supiera que sabe que está ahí, y devuelven su mirada al televisor. Automáticamente, con el corazón acelerado y las manos agarrando con fuerza la taza y la cuchara. No son conscientes del porqué, sólo huyen del encuentro.

Angie y Luna no son hermanas. No son amigas. No son enemigas. Ellas son mucho más que eso, incluso sin saberlo. Ellas son la complicación de todos los días, las dudas infinitas.

Angie y Luna son la misma persona.
Angie y Luna son dos caras de la misma moneda.
Angie y Luna son las dos personalidades bifásicas de la persona que, realmente, está ahora sentada frente al ordenador.

Angie y Luna somos yo.

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