martes, 10 de junio de 2014

Estabilidad.

No he tenido una vida estable en mi vida. No he tenido hogar. Está la casa de mis padres, y la de mi abuela. Pero no hay nada que yo sienta como "mi casa" o "mi cuarto". Siempre fue "el cuarto de mi hermana y mío", y más adelante, "el cuarto del centro", porque no era mío. Los muebles no son míos, y los que en realidad sí lo son, como la cama, los siento como una parte de mí que no tiraría por nada. Lo más parecido a algo mío es el coche, y llevo como un año que tampoco es propiamente mío. Manuela lo era. Manuela era mía al 100%. Ese coche era el lugar en el que dormir en medio de cualquier calle sin tener un ápice de miedo. Era donde yo sentía que estaba mi hogar, con una maleta con todas mis pertenencias en el maletero junto a una caja de redbull y una veintena de paquetes de ramen.

¿Tienes idea de lo jodida que está mi cabeza para que yo diga, completamente segura, que un coche al que le puse hasta nombre era mi hogar?

Ahora, con 23 años, le tengo pánico a algo estable. Mi cuerpo, mi mente, mi alma incluso, me piden deambular de casa en casa, de ciudad en ciudad y de país en país. Necesito tener todas mis cosas en maletas y cajas que pueda llevar con facilidad de un sitio a otro, o tener mis cosas repartidas por todos los sitios. Soy sólo una gata cansada de ronronear por un poco de atención.

No quiero una vida estable. Quizás cuando "sea mayor", pero no ahora. Ahora necesito seguir deambulando hasta que me canse, me caiga de rodillas y no me levante más. Y no sé cuándo será eso en realidad.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Cansancio

Hacía tiempo que no me sentaba sola. Estoy a la vista, cualquiera que pase por esta lúgubre habitación podrá reconocerme. Además, llevo una sudadera que siempre reconocen como tuya. Pero probablemente siga sola el resto de la tarde. Si tengo suerte, hasta haré algo de utilidad. Si no la tengo, seguiré aquí tecleando palabras que no sé a dónde tratan de llevarme.

Hacía tiempo que no se me saltaban las lágrimas de impotencia. No quiero ser yo la que rompa una promesa y te pida que hagas tu elección, no sólo porque sé que al pedirte que elijas, no me elegirás a mí, sino porque además llevo tiempo intentando ser la Dama que fui, pero parece que el camino de Rosas se perdió hace tiempo de mi vista y ni por el de las Baldosas Amarillas llegaré a algún lado.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Como el perro y el gato.

En cierta forma, tiene gracia la forma en la que se muerde el labio, nerviosa, mirando al infinito que se esconde más allá de la pantalla de su ordenador y tratando de actuar como si no le oyera, como si no le viera, como si no sintiera su presencia en la sala. Siempre ha sido muy torpe para ocultar sus pensamientos, pero en las últimas semanas nadie le ha dado tregua a su mente y ahora, con sus pies taconeando inconscientemente y sin saber lo que escribir para pasar el mal trago de sus ojos buscandola por la sala, sabe que el tiempo apremia y que más pronto que tarde sus ojos se han de cruzar.

Sin embargo, una pequeña parte de ella es toda una señora, una dama que no necesita caballero no importa si está en apuros o no, y es por ello por lo que cierra el portátil y, sin dejar escapar el suspiro que amenaza con huir de sus labios, se echa la mochila al hombro y sale del edificio, por la salida más alejada de la posición del chaval que, pobre de él, sólo pudo suspirar al verla marcharse otra vez. Como el perro y el gato, estos dos...

viernes, 6 de julio de 2012

Peldaños.

Déjame decirte una cosa... No pierdas más el tiempo. Estás tratando de hacerte a la idea, de hacer que de repente todo tenga una explicación... Cuando la explicación más sencilla es que la idea original era errónea.

Yo sigo aquí, en esta escalera, esperando un café que hace tiempo acepté que no me ibas a traer, ¿y qué más da? Sentada no me duelen los pies de tanto caminar...

Sugerir lo sugerido en el momento preciso fue probablemente el error más acertado que has cometido, querido.

Sacudido el polvo del pantalón, adquirido de nuevo el equilibrio sobre los tacones... Es hora de subir el siguiente escalón.

Al fin y al cabo, el café estará frío para cuando vuelvas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Noches pasadas, vicios presentes y pensamientos futuros.

Nada de lo que he hecho es demasiado peligroso, demasiado malo o demasiado ilegal. Demasiado. Un poco, quizás. Quizá conducir a 190Km/h no fue lo más inteligente, no. O jugar con fuego, y con humo. O compartir aquella copa. O disfrutar de ti de la manera que lo he hecho. Lo que pasa bajo las sábanas de mi cama se queda enredado entre ellas, dejando su aroma en la almohada y el recuerdo en unos labios que quizás, sólo quizás, luego te echen de menos.
Pero no prometo nada, porque cielo, esta es mi cama, y en ella no mando ni yo. Y si entre beso y beso se te escapa un te quiero, haré como que no lo he oído. Y si se me escapa a mí, tranquilo, es el momento, el silencio... son tus besos. Es el roce de tus dedos, de unos que no conozco, que nunca he visto moverse tan rápido ni tan ágilmente, y quizá sea eso, la sorpresa, o el momento, pero ahora no quiero perder ni uno solo de tus besos.
Pero no te preocupes, cariño, es sólo esta noche. Mañana no me importará nada... A no ser que tus dedos me recuerden que me importa.