Rechazar los placeres de la vida por miedo. A eso hemos llegado. A decir que sí a las drogas y que no al amor. A negarnos el derecho de sentir cualquier cosa que mínimamente se asemeja a la felicidad que de niños sí éramos capaces de sentir, y compartir, por miedo a un sinfín de gilipolleces que no pintan nada en nuestras vidas. El qué dirán, el "qué va a pasar dentro de seis meses", el "no creo que lo nuestro tenga futuro"... ¿De qué sirven aparte de para amargarnos la existencia bloqueando una y otra vez lo que nuestra mente, alma, cuerpo, corazón, lo que sea, nos pide? ¿Qué hay de malo en disfrutar de una caricia, de un beso, de una noche de pasión sin más complicación que la del momento y el lugar?
No logro entenderlo, no entiendo por qué nos cerramos en banda a sentir algo sin planificar todos y cada uno de los movimientos que dicho sentimiento va a realizar en nuestra vida y en nuestro futuro. No es algo que podamos elegir, nunca podremos saber qué va a pasar mañana, si mañana estaremos aquí o nos habrá pasado algo, si estaremos enfermos, si estaremos cansados del mundo, nada. No sabemos absolutamente nada de lo que va a pasar dentro de 1 segundo porque estamos tan interconectados con todo en este universo que ni siquier puedo estar segura de que pueda llegar a publicar esta entrada antes de que se acabe el mundo.
Estoy cansada de decir que no a todo. Estoy cansada de que me lo nieguen todo. Quiero querer. Y que me quieran. Y disfrutar. Y dejar de rechazar(me).
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